
Cinéfilos, este jueves 10 de setiembre se dará inicio al ciclo de películas: El escritor y sus problemas, organizado por el grupo Magenta en coordinación con la Municipalidad Provincial de Piura.
El ciclo está conformado por: El tercer hombre (Carol Reed, 1949), Capote (Bennett Miller, 2005), El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappeneau, 1990).
Las películas se proyectarán en el auditorio de la Pinacoteca municipal de Piura (al lado del Museo Vicús), los días jueves 10 de setiembre, 17 de setiembre, 1 de octubre y 29 de octubre, a las 7 p.m. Cualquier cambio en la programación se comunicará a través de este medio. Los esperamos.
Ciclo de cine: El escritor y sus problemas
En: NoticiasEditorial
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Angel
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10:49 AM
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No se riden
Y aquí estamos, cuatro años después. No somos los mismos y sin embargo somos iguales: Un consejo editorial por el que muchos nombres (y modos tan distintos de ser escritor) han pasado; un grupo reunido con el solo propósito de crear un espacio donde la literatura confluya sin barreras ideológicas, genéricas o generacionales; un espacio para recordar que la lectura y la creación literaria están al alcance de todos.Y no es novedad: dedicarse a ello es difícil, más aún si actuásemos solos. Pero, por fortuna contamos con el apoyo de cómplices, amigos, aliados. Personas que nos brindan su ayuda por amor al arte, literalmente. Cuyo único interés es ver a Piura convertida en algo más, en algo mejor. En virtud de ello dedicamos estas palabras de saludo y despedida a Dominique Scobry, Director de la Alianza Francesa de Piura. Para él, nuestro más profundo agradecimiento por haber sido el gran aliado que necesitábamos. Confiamos en que, por donde vaya, deje las mismas semillas de cambio y promoción cultural que sembró acá.
Fin del verano
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Angel
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10:43 AM
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Por Manuel Prendes
Bienvuelto de nuevo a casa,
qué alto estás y qué moreno.
Siéntate en la mecedora,
que aquí hay fanta y aceitunas
para horas de vaivén,
cuéntame tus vacaciones.
Tus salvajes chapuzones, tus buceos de tiburón
hasta casi media tarde y acabar morado, exhausto,
depredando los sandwiches que mamá te preparaba
y sabían como le sabe a Tarzán la carne cruda.
Aquellos escondrijos sólo tuyos
en que desaparecer cuando tú quieras
y descubrir la Peña del Consejo,
la Casa de la Bruja, el Palacio de Granito
o el valle en que ahuyentaste a fuerza de pedradas
la furia de aquel perro que tal vez era un lobo,
o aquel atolladero en las barrancas
del río, sofocado de ese olor
verdeoscuro y venenoso del peligro.
¿Recuerdas cómo brincan los vencejos
que amerizan un instante por beber de la piscina?
¿Por fin se reveló tras una larga espera
el rayo azul del martín pescador?
¿Jugaste con linternas arrastrándote en silencio
como hace la luciérnaga entre las hojas muertas?
¿Contaste historias y estrellas fugaces
en las eras de agosto hasta dormirte?
¿Tragaste helado a litros? ¿Viste salir el sol?
¿Nunca jamás pensaste cómo son los mayores
que casi no les gustan estas cosas?
¿Y por casualidad no encontrarías
en uno de esos sitios y momentos
alguna zapatilla, una navaja,
tal vez un muñequito,
perdidos hará cosa de veinte años
que tanto extraño siempre que vienes de visita?
Sueño
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Angel
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10:32 AM
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Por Gerardo Temoche Quezada
El ruido seco del disparo lo despertó. Saltó de la cama impulsado por la curiosidad y se asomó a la ventana para verificar la procedencia de tal detonación. La calle estaba oscura, apenas iluminada por un poste que intermitentemente proyectaba un haz de luz. El silbato de un guardián se escuchó lejano y un aire gélido entró en la habitación, penetrando con violencia por sus fosas nasales, lo que se tradujo en un lagrimeo incontinente y en un estornudo estrepitoso. Había llovido, lo supo por el olor que traía consigo el asfalto mojado. Se acostó nuevamente y recordó que estaba soñando con una balacera, viéndose él mismo en medio de tan peligroso tiroteo; tuvo miedo y sólo atinó a dejarse caer contra el piso; fue entonces cuando despertó. Esbozó una sonrisa y se dejó ganar por el sueño. Un hilo de sangre brotaba debajo de la almohada; el impacto fue certero y directo al cerebro, con orificio de entrada, caprichosamente, por una de sus fosas nasales.
El ruido seco del disparo lo despertó. Saltó de la cama impulsado por la curiosidad y se asomó a la ventana para verificar la procedencia de tal detonación. La calle estaba oscura, apenas iluminada por un poste que intermitentemente proyectaba un haz de luz. El silbato de un guardián se escuchó lejano y un aire gélido entró en la habitación, penetrando con violencia por sus fosas nasales, lo que se tradujo en un lagrimeo incontinente y en un estornudo estrepitoso. Había llovido, lo supo por el olor que traía consigo el asfalto mojado. Se acostó nuevamente y recordó que estaba soñando con una balacera, viéndose él mismo en medio de tan peligroso tiroteo; tuvo miedo y sólo atinó a dejarse caer contra el piso; fue entonces cuando despertó. Esbozó una sonrisa y se dejó ganar por el sueño. Un hilo de sangre brotaba debajo de la almohada; el impacto fue certero y directo al cerebro, con orificio de entrada, caprichosamente, por una de sus fosas nasales.
El miau de los mellizos
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Angel
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10:14 AM
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Por Ricardo Musse Carrasco
La redonda Luna colgada en lo alto del cielo se dejaba ver claramente: Parecía una lechosa bolincha atorada en el único hueco que dejaba el Sol al momento de irse a dormir, ya muy cansado para tener ganas de despertarse a medianoche y decirle que no se preocupe, porque también él era una bolincha como ella, y, para colmo, todavía amarillenta; que debería incrustarse en el mismo sitio donde seguirán soñando los astros de nuestra infancia:
“Había una vez un miau
que de tanto jalarle la cola
pudo un día enroscarse alrededor
de la Luna
cuando sobre los tejados
felinas sombras maullaban
sus dolores…”.
que de tanto jalarle la cola
pudo un día enroscarse alrededor
de la Luna
cuando sobre los tejados
felinas sombras maullaban
sus dolores…”.
“El Mellizo con Nosotros” Emmanuel, acostado junto a su hermanito que es más llorón que las cebollas del jardín que, una vez abiertas, derraman sus lágrimas al viento mojando, copiosamente, nuestros ojos; cuando, cayéndonos al suelo, nos hacemos unos tremendos chinchones que duelen no se imaginan cómo, los moretones que demoran tanto en desaparecer de golpe, esos profundos cortes que nos han dejado la piel marcada por desobedientes, precisamente cuando los filudos cuchillos brillaban en sus lustrosas puntas, hincándonos –pero muy fuerte- y que hacen de estas cicatrices tan nítidas, pero que entristecen la cara, ahora casi oculta, en esta noche lluviosa, de la redonda Luna:
-Quiero hacer nono, papi –advierte “El Mellizo con nosotros”.
Pero esta lluvia no quiere reposar todavía y se ha hecho tan ruidosa que las calaminas se quejan de sus humedecidos sonidos, hasta que no pueden aguantar más y le gritan, con sus metálicas gargantas, a la lluvia que ya deje de lastimar con esos goterones que, además, no dejan dormir al “Mellizo con nosotros”:
-Léeme mi cuento del miau, papi.
-Quiero hacer nono, papi –advierte “El Mellizo con nosotros”.
Pero esta lluvia no quiere reposar todavía y se ha hecho tan ruidosa que las calaminas se quejan de sus humedecidos sonidos, hasta que no pueden aguantar más y le gritan, con sus metálicas gargantas, a la lluvia que ya deje de lastimar con esos goterones que, además, no dejan dormir al “Mellizo con nosotros”:
-Léeme mi cuento del miau, papi.
“Y asomándose, a lo lejos, la mañana,
la Luna de un raudo impulso
tuvo rápidamente que dejar
su esférico hueco para que el
mundo se llene nuevamente de radiantes
girasoles…”.
la Luna de un raudo impulso
tuvo rápidamente que dejar
su esférico hueco para que el
mundo se llene nuevamente de radiantes
girasoles…”.
A la mañana siguiente al salir muy temprano para recibir los latidos matutinos del nuevo día, el cielo relucía tan celeste que –sin lugar a dudas- el torrencial viento de la víspera lo había purificado, haciéndolo más infinito de lo que ya era e inmenso como el corazón inconmensurable de Dios:
-Qué es eso de inconmensurable –nos diría cualquiera atento a la lectura y se le explicaría, como dicen por allí, con mucha simpleza, de la manera siguiente:
“Mensurable significa medir. Supongo que tu estatura –de acuerdo a la edad que tienes- está comprendida entre 117 a 127 centímetros. Para determinarla ¿qué usamos?; pues, una cinta métrica; obteniendo entonces un dato preciso de tu talla. En cambio, lo inconmensurable es lo contrario. Es imposible medir los atributos de Dios. Pues, Dios es tan –pero tan- inmenso como los ilimitados sueños que se desbordan de tu tierno corazón”:
-¡Entonces, también el cielo es inconmensurable, papi!.
Mientras tanto, las huellas verdes en el camino nos susurran que tanto los sapos como las ranas han brincado toda la noche sobre los charcos; donde Abraham, el otro Mellizo, le encanta embarrarse los pies diminutos hasta decir basta, pero llega un momento que sus ojos saltones, de tanto saltar, buscan la mirada compasiva de papá para que no le pegue por estar así hecho un asco, pero qué sucio que estás muchacho del demonio y tan desconsiderado con tu mamá, abusando siempre de mí, ¡Anda a bañarte!; ya mujer, cálmate, así son todos: Inquietos, incansables, bandidos batracios que no paran –en ningún instante- de brincar de un lado para el otro, desesperándonos, sacándonos antes de tiempo estas canas verdes:
-Pero el miau, dónde está el miau, papi.
-Está donde tu sueño desee que esté.
Hasta que, transitoriamente, se durmió “El Mellizo con nosotros”:
-Qué es eso de inconmensurable –nos diría cualquiera atento a la lectura y se le explicaría, como dicen por allí, con mucha simpleza, de la manera siguiente:
“Mensurable significa medir. Supongo que tu estatura –de acuerdo a la edad que tienes- está comprendida entre 117 a 127 centímetros. Para determinarla ¿qué usamos?; pues, una cinta métrica; obteniendo entonces un dato preciso de tu talla. En cambio, lo inconmensurable es lo contrario. Es imposible medir los atributos de Dios. Pues, Dios es tan –pero tan- inmenso como los ilimitados sueños que se desbordan de tu tierno corazón”:
-¡Entonces, también el cielo es inconmensurable, papi!.
Mientras tanto, las huellas verdes en el camino nos susurran que tanto los sapos como las ranas han brincado toda la noche sobre los charcos; donde Abraham, el otro Mellizo, le encanta embarrarse los pies diminutos hasta decir basta, pero llega un momento que sus ojos saltones, de tanto saltar, buscan la mirada compasiva de papá para que no le pegue por estar así hecho un asco, pero qué sucio que estás muchacho del demonio y tan desconsiderado con tu mamá, abusando siempre de mí, ¡Anda a bañarte!; ya mujer, cálmate, así son todos: Inquietos, incansables, bandidos batracios que no paran –en ningún instante- de brincar de un lado para el otro, desesperándonos, sacándonos antes de tiempo estas canas verdes:
-Pero el miau, dónde está el miau, papi.
-Está donde tu sueño desee que esté.
Hasta que, transitoriamente, se durmió “El Mellizo con nosotros”:
“Y su miau tan pequeñito,
realmente sí tenía una cola
muy desproporcionada para su tierna edad;
pobre miau, entre los dos mellizos
se disputaban su amor
queriendo traerlo para sí:
Uno lo jalaba de la cabeza
y el otro tratando de arrancharlo
de la cola.
Hasta que en una de esas el miau,
ya jaloneado tremendamente,
en un descuido huyó no se sabe dónde…”.
realmente sí tenía una cola
muy desproporcionada para su tierna edad;
pobre miau, entre los dos mellizos
se disputaban su amor
queriendo traerlo para sí:
Uno lo jalaba de la cabeza
y el otro tratando de arrancharlo
de la cola.
Hasta que en una de esas el miau,
ya jaloneado tremendamente,
en un descuido huyó no se sabe dónde…”.
-¡Papá, ni en el sueño puedo encontrar al miau!.
-Bueno, los miaus suelen esconderse pero bien, bien adentro; hasta que les pase, seguramente, el largo dolor de sus estiradas colas.
Esa noche se tuvo que abrir, de par en par, los empolvados mosquiteros y del harto polvo acumulado emergió una arañota negra que comenzó a desenredar su grandota telaraña delante de nuestros asombrados ojos y parecía que los del Abraham, de tan desorbitados que estaban, se iban a salir de sus orbitas como el planeta tierra que de tanto darse vueltas y vueltas en el mismo lugar un día se aburrirá y se mandará a mudar donde unas nuevas órbitas recién nacidas, con sus ingenuos movimientos y sus astrales esferas, volverán a jugar a las rondas infantiles:
La casa de calaminas, con paredes enlucidas con barro cocido, trenzados los troncos de árboles fluviales para darle la característica forma rural; lindante aquélla a la transparencia del río, de donde del frondoso valle sus tupidas aves: La Chiroca, el Chilalo, el Choqueco, la Putilla, el Petirrojo, la Soña, la Torcaza, y la Tijereta; reverdecen la pesada turbiedad dejada por la lluvia nocturna, con los negros escarabajos que escarban hacia la ovalada profundidad de la tierra húmeda:
-Es que es oscuro y tengo miedo –nos conmueve “El Mellizo con nosotros”.
-A ver…es como si en medio de ti y de mí se pusiera un circulo negro, pero que como rueda, luego de unos minutos seríamos iluminados, de nuevo, con la luz de nuestras sonrisas vueltas a encontrar.
Sí, Lo más parecido a la felicidad es la sonrisa que se nos escapa así tan límpida durante la infancia –sentencia el abuelo-. Tan consentidor, dándoles caramelos justo minutos antes de saborear, embutidos en la mesa familiar, las caprichosas recetas de mamá; carcajeándose, hasta la asmática estridencia, de sus inolvidables malcriadeces, satisfaciéndoles sus imposibles deseos y diciéndoles por lo que le resta de vida que en él encontrarían a su más leal compinche para hacer rabiar –sacándole la lengua- a las inevitables tristezas que vendrían.
-¿No se habrá ido el miau a acompañar al cielo, cuando es de noche, al abuelo?.
Y es que el abuelo, acompañado de su asma invernal, un día dejó de contemplarnos con su comprensiva mirada para dedicarse solo a penetrarnos la luminosidad que despedía silenciosamente su fatigado corazón.
-Posiblemente hijo, porque dicen que los miaus poseen una visión nocturna muy aguda.
El otro día, después de tanto chivatear cansados y luego de haberse tirado tierra y más tierra; y tierra llena de hormigas rojísimas que hacen arder el cuerpo de flaco lagartija del Abraham, pidiendo su agua para saciar la sed que endurece estas palabras haciendo que se pronuncien un tanto enredadas pero –al fin de cuentas- entendibles y expresivamente fisiológicas:
-Quiero pichi; caca, papi –dicen al unísono el Emmanuel y el Abraham.
Revoloteando los negros moscones aterrizan, con el curvilíneo zumbido de sus alas y sorbiendo de las buganvillas sus vegetales sustancias, desembocando en lo alto hacia esos huecos redonditos que son su casa de madera:
-¿Qué, el moscón es tu amigo, papi?.
-Por las noches, él se agarra muy fuerte de los focos prendidos, porque creo que les pesa demasiado su piel oscura.
-¿Y a los bu también les pica, papi?.
-Claro que sí; pues, los fantasmas no cuentan con estos impenetrables mosquiteros, y además multicolores, para protegerse.
Por eso los fantasmas después de fuertes noches de lluvia prefieren guardarse en un lugar invisible y muy –pero muy- secreto que los hace mucho más misteriosos y menos vulnerables a las indiscriminadas picaduras de los vampirescos zancudos.
Pero ahora déjame hablarte de un hombre que amó muchísimo a los gatos, francés de nacimiento, huerfanito de padre, llamado Carlitos que tuvo, lamentablemente, una vida sombría muriendo –a temprana edad todavía- a los cuarenta y seis años y que compuso hermosos poemas gatunos como el que evoco ahora para ustedes queridos Mellizos míos:
1 José María Gahona “Transparencias”. Trujillo 1995, página: 36 (Poema 2). Ediciones Camión Editores.
2 Charles Baudelaire “Las Flores del Mal”. Buenos Aires 1953, página 73 (Poema XXXVI-“EL GATO”). Editorial Losada, S.A.
-Bueno, los miaus suelen esconderse pero bien, bien adentro; hasta que les pase, seguramente, el largo dolor de sus estiradas colas.
Esa noche se tuvo que abrir, de par en par, los empolvados mosquiteros y del harto polvo acumulado emergió una arañota negra que comenzó a desenredar su grandota telaraña delante de nuestros asombrados ojos y parecía que los del Abraham, de tan desorbitados que estaban, se iban a salir de sus orbitas como el planeta tierra que de tanto darse vueltas y vueltas en el mismo lugar un día se aburrirá y se mandará a mudar donde unas nuevas órbitas recién nacidas, con sus ingenuos movimientos y sus astrales esferas, volverán a jugar a las rondas infantiles:
“A la ronda de las cigarras
al invento de las cometas
¿quieres tú jugar conmigo?
bajo el puente la playa
y danza el resplandor
y graban las gaviotas
sus huellas en la arena
A la ronda de las ranas
a torres de arena mojada
¿quieres tú jugar conmigo?
observa el horizonte
y el arco de garzas
blancorear el firmamento
A la ronda de los sauces
a quebrar los espejos del río
¿quieres tú jugar conmigo?” (1).
al invento de las cometas
¿quieres tú jugar conmigo?
bajo el puente la playa
y danza el resplandor
y graban las gaviotas
sus huellas en la arena
A la ronda de las ranas
a torres de arena mojada
¿quieres tú jugar conmigo?
observa el horizonte
y el arco de garzas
blancorear el firmamento
A la ronda de los sauces
a quebrar los espejos del río
¿quieres tú jugar conmigo?” (1).
La casa de calaminas, con paredes enlucidas con barro cocido, trenzados los troncos de árboles fluviales para darle la característica forma rural; lindante aquélla a la transparencia del río, de donde del frondoso valle sus tupidas aves: La Chiroca, el Chilalo, el Choqueco, la Putilla, el Petirrojo, la Soña, la Torcaza, y la Tijereta; reverdecen la pesada turbiedad dejada por la lluvia nocturna, con los negros escarabajos que escarban hacia la ovalada profundidad de la tierra húmeda:
-Es que es oscuro y tengo miedo –nos conmueve “El Mellizo con nosotros”.
“Y el miau se esfumó
tapado por la penumbra del eclipse
que volvió ciegas a las personas,
pero por pocos minutos,
porque rápidamente retornó
el resplandor al angustiado corazón
de los hombres…”.
-¿Eclipse? ¿qué es eso, papi?.tapado por la penumbra del eclipse
que volvió ciegas a las personas,
pero por pocos minutos,
porque rápidamente retornó
el resplandor al angustiado corazón
de los hombres…”.
-A ver…es como si en medio de ti y de mí se pusiera un circulo negro, pero que como rueda, luego de unos minutos seríamos iluminados, de nuevo, con la luz de nuestras sonrisas vueltas a encontrar.
Sí, Lo más parecido a la felicidad es la sonrisa que se nos escapa así tan límpida durante la infancia –sentencia el abuelo-. Tan consentidor, dándoles caramelos justo minutos antes de saborear, embutidos en la mesa familiar, las caprichosas recetas de mamá; carcajeándose, hasta la asmática estridencia, de sus inolvidables malcriadeces, satisfaciéndoles sus imposibles deseos y diciéndoles por lo que le resta de vida que en él encontrarían a su más leal compinche para hacer rabiar –sacándole la lengua- a las inevitables tristezas que vendrían.
-¿No se habrá ido el miau a acompañar al cielo, cuando es de noche, al abuelo?.
Y es que el abuelo, acompañado de su asma invernal, un día dejó de contemplarnos con su comprensiva mirada para dedicarse solo a penetrarnos la luminosidad que despedía silenciosamente su fatigado corazón.
-Posiblemente hijo, porque dicen que los miaus poseen una visión nocturna muy aguda.
El otro día, después de tanto chivatear cansados y luego de haberse tirado tierra y más tierra; y tierra llena de hormigas rojísimas que hacen arder el cuerpo de flaco lagartija del Abraham, pidiendo su agua para saciar la sed que endurece estas palabras haciendo que se pronuncien un tanto enredadas pero –al fin de cuentas- entendibles y expresivamente fisiológicas:
-Quiero pichi; caca, papi –dicen al unísono el Emmanuel y el Abraham.
Revoloteando los negros moscones aterrizan, con el curvilíneo zumbido de sus alas y sorbiendo de las buganvillas sus vegetales sustancias, desembocando en lo alto hacia esos huecos redonditos que son su casa de madera:
-¿Qué, el moscón es tu amigo, papi?.
-Por las noches, él se agarra muy fuerte de los focos prendidos, porque creo que les pesa demasiado su piel oscura.
“Y la fugaz oscuridad
con felina celeridad se disolvió,
pero ningún pequeño rastro apareció,
y el Mellizo Emmanuel se entristeció,
y el otro Mellizo todavía se acordó”.
¡Ah, me olvidaba!: Los zancudos, arremolinándose en torno a líquidos sanguíneos; salían después de caída la incesante lluvia y picaban a diestra y a siniestra, succionando todo tipo de sangre que encontraran a su sediento paso; sí, casi nadie se salvaba de su libación insaciable:con felina celeridad se disolvió,
pero ningún pequeño rastro apareció,
y el Mellizo Emmanuel se entristeció,
y el otro Mellizo todavía se acordó”.
-¿Y a los bu también les pica, papi?.
-Claro que sí; pues, los fantasmas no cuentan con estos impenetrables mosquiteros, y además multicolores, para protegerse.
Por eso los fantasmas después de fuertes noches de lluvia prefieren guardarse en un lugar invisible y muy –pero muy- secreto que los hace mucho más misteriosos y menos vulnerables a las indiscriminadas picaduras de los vampirescos zancudos.
Pero ahora déjame hablarte de un hombre que amó muchísimo a los gatos, francés de nacimiento, huerfanito de padre, llamado Carlitos que tuvo, lamentablemente, una vida sombría muriendo –a temprana edad todavía- a los cuarenta y seis años y que compuso hermosos poemas gatunos como el que evoco ahora para ustedes queridos Mellizos míos:
“Ven, bello gato a mi pecho amoroso:
retén las uñas de tu pata,
y deja que me hunda en tus dos bellos ojos,
mezclados de metal y de ágata.
Cuando mis dedos a gusto acarician
tu lomo elástico y tu cabeza,
cuando mi mano del placer se embriaga
de recorrer tu piel eléctrica,
a mis Mellizos creo ver. Su mirada
como la tuya, amable bestia,
tierna y profunda, penetrante como un dardo;
y de los pies a la cabeza
un sutil aire, un amoroso aroma,
nadan en torno de su recuerdo moreno”(2).
Por eso, sé que una vez que su miau se meta, del todo, dentro de los inolvidables huecos de la nostalgia, recién podrán hallarlo, rasguñando sus gozosos corazones y maullando, largamente, dentro de las inconmensurables esferas del recuerdo.retén las uñas de tu pata,
y deja que me hunda en tus dos bellos ojos,
mezclados de metal y de ágata.
Cuando mis dedos a gusto acarician
tu lomo elástico y tu cabeza,
cuando mi mano del placer se embriaga
de recorrer tu piel eléctrica,
a mis Mellizos creo ver. Su mirada
como la tuya, amable bestia,
tierna y profunda, penetrante como un dardo;
y de los pies a la cabeza
un sutil aire, un amoroso aroma,
nadan en torno de su recuerdo moreno”(2).
1 José María Gahona “Transparencias”. Trujillo 1995, página: 36 (Poema 2). Ediciones Camión Editores.
2 Charles Baudelaire “Las Flores del Mal”. Buenos Aires 1953, página 73 (Poema XXXVI-“EL GATO”). Editorial Losada, S.A.
Paseo por Chachapoyas
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Por Víctor Hugo Palacios
“Mi madre murió cuando yo nací. Mi padre me había tenido a los 17 años, la misma edad que yo tengo ahora. Él se fue bien lejos a buscar trabajo, y yo me quedé solita criada por una tía bien estricta”, me contaba una chica la misma noche en que la había encontrado caminando atractiva por la plaza mayor. Aparentaba una edad mayor de la que tenía, o quizá fue lo que me hizo percibir el relato ilusionado de su trayectoria de bailarina y cantante en una orquesta popular que hacía giras por la provincia. “Mi máximo sueño es llegar a bailar con un grupo importante”. “¿Cómo cuál?” “No sé, por ejemplo Agua Marina o Grupo Cinco”, respondió.
“¿Por qué no vamos al karaoke? Tengo ganas de cantar.” Acepté inmediatamente. Entramos en un cuarto con sofás, televisor y unas cortinas que nos aislaban del resto del recinto. Pidió un licor de café que fue una novedad para mi paladar, más exótica que placentera. Entregó a la camarera un pedacito de papel con su pedido. Cuando llegó su turno, quedé fulminado por la excelencia de su timbre, las impecables notas que daba, el volumen de su voz y el sentimiento con que acometía cada verso. Aunque la pieza que había escogido carecía por completo del menor encanto para mis oídos, no había duda de que estaba delante de una estrella en potencia, de la futura artista a la que sólo bastaría la palanca de una oportunidad y un contrato conveniente para escalar, como un cohete, hasta la cúspide de una fama duradera. Imaginé en el acto, por contraste, la consabida biografía de la cantante internacional que conquista su podio sobreponiéndose a la orfandad, la pobreza y el maltrato, a fuerza de perseverancia, talento y sacrificio. Una historia ejemplar de lucha y aspiración que se vendería masivamente, sin dejar de ser verdadera y verificable. Así, con profética admiración, seguí escuchándola embelesado en el oscuro karaoke de aquel lejano distrito de los andes peruanos. “¿Por qué no nos vemos mañana?”, preguntó emocionándome. “Ah, pero por supuesto. Donde tú quieras”. “Hay una pollería que me gusta mucho. Queda en esta calle. Espérame a las ocho exactamente en la puerta.”
Y allí estuve sobre una vereda que me soportó desde un cuarto para las ocho. Media hora después apareció ella en el otro extremo de la cuadra. Estoy seguro de que me vio, de que notó mi espera. Sorpresivamente entró en un bazar. Fui a buscarla. “¡Hola, Víctor! ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas que no te vi? Oye, mira este peluche. ¿No es hermoso?”, dijo mientras señalaba un inmenso bulto peludo que colgaba del techo sobre los escaparates del negocio, un perro deforme con un lazo rojo que lo volvía flagrantemente cursi. “Si estuviera mi papá me lo compraría ahorita mismo. Pero no está, pues. Qué pena. ¡Cómo me gusta este peluche! ¡Es tan lindo! Siempre quise tener uno así”, musitó a mi lado sin mirarme. Esperé en silencio y, finalmente, emití un suspiro artificial: “Ah, sí, es realmente enorme”.
Cuando ya sólo comparecían sobre el plato los huesos del pollo a la brasa que le había invitado, interrumpió mis comentarios jubilosos sobre la amabilidad de los lugareños para improvisar otra propuesta: “¡Vamos mañana al mirador de Huancas! Es bien cerquita de aquí. Te va a gustar. Ay, me encantaría que me tomes unas fotos allí. Vamos”. “Perfecto. ¿A qué hora quedamos?” “A las once en puntito. Te juro que esta vez llegaré bien temprano.”
Al día siguiente, harto de la inmovilidad sobre la puerta de mi hotel, me marché a recorrer las calles del pueblo que aún no había explorado. Contaba los balcones de las fachadas con procurada fruición, como antes había engullido los crudos minutos de lo vano. Dieron la una cuando decidí comer en un restaurante donde tenía la seguridad de seguir un partido de fútbol por televisión. Comía con placer mientras veía los pocos instantes que faltaban para que termine el primer tiempo de un juego sinuoso y expectante. De pronto, sonó mi teléfono celular: “¡Víctor! Soy yo. ¿Dónde estás?” “En el restaurante junto al hotel”. “¡Ah, qué bueno! Yo estoy en el locutorio al ladito no más. Por favor ven para que me pagues la llamada porque no tengo nadita de sencillo. No te demores, Víctor, por fa”. Tuve la cobardía de no negarme, pagué la cuenta del almuerzo, dejé el fútbol inconcluso y me fui a saldar las monedas de una llamada tardía. “Ay, perdona que me haya demorado. No te molestes por favor…” “No te preocupes. Creo que aún tenemos tiempo para ir al mirador, ¿verdad?” Sin titubear, ella paró un taxi y subió rápidamente. El camino era largo y tortuoso. Ella lucía una blusa rosa muy escotada que dejaba desnudos sus bellos brazos. “Pero, dime. ¿No tienes frío? Hace mucho viento, puede llover. Deberías cuidarte la garganta”. “Ah, no. No te preocupes. No tengo frío. De veras, para nada”.
El mirador me sorprendió. Los malhumores preliminares quedaron enterrados por aquella eminencia. Un majestuoso cañón de novecientos metros de hondura abierto por un minúsculo río barroso y, al frente, unas paredes boscosas por cuyas grietas asomaban torrentes blancos que se suicidaban infinitamente sobre el abismo. “¡Víctor, oye! Aquí estoy. Tómame una foto”, y posó peligrosamente sobre el muro del mirador, de perfil, serpeando su torso en una impostación de portada de periódico vulgar. “Oye, he salido tarde de mi casa. ¿Tú ya almorzaste?” “Sí, claro. Ya es tarde en realidad”. “Es que tengo miedo de que mi tía no me haya dejado nada de comida. Tengo hambre. ¿Ya has comido verdad?” Luego de otro tenaz silencio de mi parte, dijo: “Mejor volvamos ya, puede llover en cualquier ratito”. “De acuerdo, vamos”, asentí. Corrió hacia el taxi y se sentó al lado del conductor. “Hola, ¿no tienes música? Anda, pon música. Es más bonito para viajar.” Me quedé esperando de pie que regresara al asiento posterior. “Ah, no te preocupes, Víctor, yo voy a ir aquí adelante”. Durante el viaje fui memorizando la ruta con la intención de volver caminando otro día. Aquel cañón será aún más profundo alcanzado por las respiraciones de una caminata. Me había enamorado perdidamente del paisaje.
“Ay, tengo hambre. De repente mi tía no me ha guardado comida. Es capaz”. Ordené al chofer bajar en el restaurante donde antes había almorzado. Tenía esperanzas de ver el desenlace del partido que había interrumpido. “Te invito un plato. Ven, siéntate”. “Ay, gracias, Víctor. Qué bueno que eres”.
“Oye, disculpa. Mañana voy a viajar para bailar con la orquesta. No voy a estar en el pueblo toda la semana. Pero si quieres llámame a mi celular. A lo mejor cuando vuelva todavía estás acá.”
A los dos días era catorce de febrero, día de san Valentín, patrono de los enamorados. Sin expectativas para la fecha, que pensaba dedicarla con mayor ahínco a la lectura, le envié, en un resquicio del desayuno, un mensaje de saludo a la bailarina de orquesta por vía celular. Ya rumbo a mi café preferido, me detuve sin querer delante de la oficina de información turística. Me recomendaron visitar el mercadillo que se formaba los miércoles a pocas cuadras de la plaza mayor. No tuve problema alguno en alterar mi programa. Me atraían esas aglomeraciones policromas y bulliciosas, y tenía el propósito de paladear los sabores de la región.
Localicé la calle por donde debía andar. Brillaba un sol esplendoroso. Mi cámara de fotos tenía un rollo entero por delante. Qué ganas de sorpresas, de impresiones y de conversación con gentes de otros lados. Paré ante el rojo de un semáforo, observé el tallado de un nuevo balcón que agregaba a mi inventario cuando, de pronto, al bajar la vista reconocí a la joven cantante charlando con un espigado policía. “¡Víctor, hola! ¡No te vayas por favor! ¡Espérame un ratito no más!” Por los movimientos de las manos, supuse que le pedía al uniformado algunas indicaciones, aquéllas que cualquier transeúnte precavido haría a un agente público en la instancia de una momentánea desorientación. La bailarina adolescente se despidió con un sonoro beso en la mejilla del uniformado y vino entonces hacia mí, que ya había contemplado dos rojos más en las luces del tráfico. “Hola, creía que te encontrabas de viaje con tu orquesta”. “Ah, sí, pero volvimos anoche mismo”. “¿Y cómo te fue?” “Muy bien. A mí me encantan las fiestas donde hay mucha gente. Oye, leí tu mensaje esta mañana. Mira, qué casualidad, ahorita mismo iba a un locutorio para llamarte y resulta que te encuentro. Justo antes le estaba contando a una amiga mía que tú me habías saludado por san Valentín, y que qué bueno que me saludara este amigo porque es una buena persona, en la que yo puedo confiar un montón, y el único al que le podría pedir un favor bien grande. Oye, ¿qué vas a hacer ahorita?” “Yo en realidad estaba yendo al mercadillo de los miércoles cerca de aquí…” “Que, ¿te gustan esas cosas? Anda, por fa, no seas malito, acompáñame que tengo que ir donde un abogado. Es sólo un ratito”. “¿Tienes algún problema?” “No. Es que ese abogado le debe una plata a mi papá y no le quiere pagar. Mira, son sólo dos cuadritas pasando la plaza mayor. Sólo acompáñame. En la puertita no más me dejas”.
Ay de mí. Cuántas veces injustamente se habla de las argucias varoniles a las que sucumben las muchachas inocentes, y cómo ellas son siempre las perdedoras de cada historia y nosotros los perversos seductores a los que no nos remueve un nervio el sufrimiento de una mujer abandonada. Cuesta aceptar que la situación es en la misma proporción la inversa y que, precisamente, escarmentados y curtidos por la veleidad femenina, de nuevo acudimos mansamente a la cita callejera sin la menor esperanza, manipuladores y elocuentes replicando la astucia y la duplicidad de la coquetería de ellas; de la que, por cierto, estamos temprana y totalmente apercibidos, pero a la cual no hacemos ninguna oposición. Urbano juego del encuentro que se cumple de mil modos y que jugamos todos con el mismo entusiasmo hasta la derrota amarga e inapelable, que nos hace jurar una solemne negativa que, por supuesto, será transgredida en la más próxima ocasión.
“Bien, te acompaño. Pero sólo hasta la puerta, como dices. Para mí nada más anodino que el vestíbulo que conduce a un obeso y sagaz hombre de leyes”, respondí con estudiada molestia. “Ven, es por acá”. A unas cuadras de la plaza mayor, noté que habíamos dado un largo rodeo innecesario para recobrar la avenida que daba con el semáforo donde nos habíamos visto. Me detuve unos momentos y miré hacia arriba. “¿Qué ves que te has quedado callado?” “Esta clase de balcón no la había visto hasta ahora. Parece de mayor antigüedad y armoniza extrañamente con los relieves de las ventanas”. “¿Te gustan esas cosas? Ay, a mí no. No me gustan las cosas antiguas. Prefiero todo lo moderno”. “¿Falta mucho para llegar?” “No, Víctor, aquí no más a la vuelta. Que… ¿estás apurado? No seas malo, no me vayas a dejar”.
El «aquí no más» se dilató unos doscientos metros de vereda ascendente, al término de los cuales la joven cantante se detuvo al fin y viró para mirarme fijamente. “Ah, pues, te contaba. Esta mañana leí tu bonito mensaje y le conté a mi amiga que qué bueno que me escribió este amigo al que aprecio mucho, justamente porque yo necesitaba pedirle algo importante que sólo podía pedirle a él —respiré profundamente ahogado por una premonición—. Sabes, necesito que me prestes unos cincuenta soles. Es que anoche no nos pagaron en la fiesta donde estuvimos y yo necesito la plata ahorita. Te la pagaré pasado mañana. No te preocupes, te aseguro que…” “Mira, no puedo prestarte esa cantidad ―la interrumpí―. Quiero pasar el mayor tiempo posible aquí y tengo que racionar mi dinero, que no es mucho, para no verme después en apuros. ¿Me entiendes? Escucha, a lo mejor el abogado te entrega al fin lo de tu padre y, lógicamente, podrías disponer de una parte de ello. Al fin y al cabo tu papá te quiere mucho, ¿verdad? Lo siento. Que te vaya bien. Quiero aprovechar la luz del día para visitar el mercadillo y no me lo quiero perder. Que te vaya muy bien. Lo siento”. “Ah, ya, pues. Bueno, si quieres luego me llamas o me mandas un mensaje, aunque a lo mejor vuelvo a salir de viaje por un tiempo largo. No lo sé, pero, bueno, pues, gracias de todos modos…” Y me alejé directamente hacia el destino inicial de mi mañana. Concluí que no se trataba de la humilde muchacha que buscaba esforzada y honestamente una reivindicación de la vida, sino de la trepadora oportunista y buscona que había sacado de la sobrevivencia la más reprobable de las lecciones.
Ya bajo unos toldos de plástico de colores fuertes, entre pirámides, cajas y sacos de frutas y verduras, escuché con gusto a vendedores que eran a la vez agricultores y transportistas, muchos de ellos oriundos de lejanas provincias. Mastiqué con delectación unos plátanos minúsculos de un dulzor vivo y harinoso. Acaricié zapotes, maní, guayabas, chirimoyas, gualacos (papayas de huerta) y tongos (hojas de caña secas envolviendo pedazos de dulce de azúcar).
Llenos los ojos y sofocados los pies, decidí regresar a mi hotel para reponerme. Al atardecer, asomaba ya el farol de una de las esquinas de la plaza cuando, habiéndolo olvidado todo, vi de nuevo a la bailarina adolescente. Caminábamos sobre la misma acera en direcciones contrarias. Al reconocerla me disponía a mover ligeramente la cabeza y ya emprendía yo una sonrisa de común cortesía, cuando sentí el disparo de su saludo estrepitoso: “¡Ay, yo, como siempre, bien apurada!” Aceleró el paso, ladeó las caderas, manoteó el aire y, sin otro gesto, pasó de largo para perderse definitivamente a mis espaldas.
“Mi madre murió cuando yo nací. Mi padre me había tenido a los 17 años, la misma edad que yo tengo ahora. Él se fue bien lejos a buscar trabajo, y yo me quedé solita criada por una tía bien estricta”, me contaba una chica la misma noche en que la había encontrado caminando atractiva por la plaza mayor. Aparentaba una edad mayor de la que tenía, o quizá fue lo que me hizo percibir el relato ilusionado de su trayectoria de bailarina y cantante en una orquesta popular que hacía giras por la provincia. “Mi máximo sueño es llegar a bailar con un grupo importante”. “¿Cómo cuál?” “No sé, por ejemplo Agua Marina o Grupo Cinco”, respondió.
“¿Por qué no vamos al karaoke? Tengo ganas de cantar.” Acepté inmediatamente. Entramos en un cuarto con sofás, televisor y unas cortinas que nos aislaban del resto del recinto. Pidió un licor de café que fue una novedad para mi paladar, más exótica que placentera. Entregó a la camarera un pedacito de papel con su pedido. Cuando llegó su turno, quedé fulminado por la excelencia de su timbre, las impecables notas que daba, el volumen de su voz y el sentimiento con que acometía cada verso. Aunque la pieza que había escogido carecía por completo del menor encanto para mis oídos, no había duda de que estaba delante de una estrella en potencia, de la futura artista a la que sólo bastaría la palanca de una oportunidad y un contrato conveniente para escalar, como un cohete, hasta la cúspide de una fama duradera. Imaginé en el acto, por contraste, la consabida biografía de la cantante internacional que conquista su podio sobreponiéndose a la orfandad, la pobreza y el maltrato, a fuerza de perseverancia, talento y sacrificio. Una historia ejemplar de lucha y aspiración que se vendería masivamente, sin dejar de ser verdadera y verificable. Así, con profética admiración, seguí escuchándola embelesado en el oscuro karaoke de aquel lejano distrito de los andes peruanos. “¿Por qué no nos vemos mañana?”, preguntó emocionándome. “Ah, pero por supuesto. Donde tú quieras”. “Hay una pollería que me gusta mucho. Queda en esta calle. Espérame a las ocho exactamente en la puerta.”
Y allí estuve sobre una vereda que me soportó desde un cuarto para las ocho. Media hora después apareció ella en el otro extremo de la cuadra. Estoy seguro de que me vio, de que notó mi espera. Sorpresivamente entró en un bazar. Fui a buscarla. “¡Hola, Víctor! ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas que no te vi? Oye, mira este peluche. ¿No es hermoso?”, dijo mientras señalaba un inmenso bulto peludo que colgaba del techo sobre los escaparates del negocio, un perro deforme con un lazo rojo que lo volvía flagrantemente cursi. “Si estuviera mi papá me lo compraría ahorita mismo. Pero no está, pues. Qué pena. ¡Cómo me gusta este peluche! ¡Es tan lindo! Siempre quise tener uno así”, musitó a mi lado sin mirarme. Esperé en silencio y, finalmente, emití un suspiro artificial: “Ah, sí, es realmente enorme”.
Cuando ya sólo comparecían sobre el plato los huesos del pollo a la brasa que le había invitado, interrumpió mis comentarios jubilosos sobre la amabilidad de los lugareños para improvisar otra propuesta: “¡Vamos mañana al mirador de Huancas! Es bien cerquita de aquí. Te va a gustar. Ay, me encantaría que me tomes unas fotos allí. Vamos”. “Perfecto. ¿A qué hora quedamos?” “A las once en puntito. Te juro que esta vez llegaré bien temprano.”
Al día siguiente, harto de la inmovilidad sobre la puerta de mi hotel, me marché a recorrer las calles del pueblo que aún no había explorado. Contaba los balcones de las fachadas con procurada fruición, como antes había engullido los crudos minutos de lo vano. Dieron la una cuando decidí comer en un restaurante donde tenía la seguridad de seguir un partido de fútbol por televisión. Comía con placer mientras veía los pocos instantes que faltaban para que termine el primer tiempo de un juego sinuoso y expectante. De pronto, sonó mi teléfono celular: “¡Víctor! Soy yo. ¿Dónde estás?” “En el restaurante junto al hotel”. “¡Ah, qué bueno! Yo estoy en el locutorio al ladito no más. Por favor ven para que me pagues la llamada porque no tengo nadita de sencillo. No te demores, Víctor, por fa”. Tuve la cobardía de no negarme, pagué la cuenta del almuerzo, dejé el fútbol inconcluso y me fui a saldar las monedas de una llamada tardía. “Ay, perdona que me haya demorado. No te molestes por favor…” “No te preocupes. Creo que aún tenemos tiempo para ir al mirador, ¿verdad?” Sin titubear, ella paró un taxi y subió rápidamente. El camino era largo y tortuoso. Ella lucía una blusa rosa muy escotada que dejaba desnudos sus bellos brazos. “Pero, dime. ¿No tienes frío? Hace mucho viento, puede llover. Deberías cuidarte la garganta”. “Ah, no. No te preocupes. No tengo frío. De veras, para nada”.
El mirador me sorprendió. Los malhumores preliminares quedaron enterrados por aquella eminencia. Un majestuoso cañón de novecientos metros de hondura abierto por un minúsculo río barroso y, al frente, unas paredes boscosas por cuyas grietas asomaban torrentes blancos que se suicidaban infinitamente sobre el abismo. “¡Víctor, oye! Aquí estoy. Tómame una foto”, y posó peligrosamente sobre el muro del mirador, de perfil, serpeando su torso en una impostación de portada de periódico vulgar. “Oye, he salido tarde de mi casa. ¿Tú ya almorzaste?” “Sí, claro. Ya es tarde en realidad”. “Es que tengo miedo de que mi tía no me haya dejado nada de comida. Tengo hambre. ¿Ya has comido verdad?” Luego de otro tenaz silencio de mi parte, dijo: “Mejor volvamos ya, puede llover en cualquier ratito”. “De acuerdo, vamos”, asentí. Corrió hacia el taxi y se sentó al lado del conductor. “Hola, ¿no tienes música? Anda, pon música. Es más bonito para viajar.” Me quedé esperando de pie que regresara al asiento posterior. “Ah, no te preocupes, Víctor, yo voy a ir aquí adelante”. Durante el viaje fui memorizando la ruta con la intención de volver caminando otro día. Aquel cañón será aún más profundo alcanzado por las respiraciones de una caminata. Me había enamorado perdidamente del paisaje.
“Ay, tengo hambre. De repente mi tía no me ha guardado comida. Es capaz”. Ordené al chofer bajar en el restaurante donde antes había almorzado. Tenía esperanzas de ver el desenlace del partido que había interrumpido. “Te invito un plato. Ven, siéntate”. “Ay, gracias, Víctor. Qué bueno que eres”.
“Oye, disculpa. Mañana voy a viajar para bailar con la orquesta. No voy a estar en el pueblo toda la semana. Pero si quieres llámame a mi celular. A lo mejor cuando vuelva todavía estás acá.”
A los dos días era catorce de febrero, día de san Valentín, patrono de los enamorados. Sin expectativas para la fecha, que pensaba dedicarla con mayor ahínco a la lectura, le envié, en un resquicio del desayuno, un mensaje de saludo a la bailarina de orquesta por vía celular. Ya rumbo a mi café preferido, me detuve sin querer delante de la oficina de información turística. Me recomendaron visitar el mercadillo que se formaba los miércoles a pocas cuadras de la plaza mayor. No tuve problema alguno en alterar mi programa. Me atraían esas aglomeraciones policromas y bulliciosas, y tenía el propósito de paladear los sabores de la región.
Localicé la calle por donde debía andar. Brillaba un sol esplendoroso. Mi cámara de fotos tenía un rollo entero por delante. Qué ganas de sorpresas, de impresiones y de conversación con gentes de otros lados. Paré ante el rojo de un semáforo, observé el tallado de un nuevo balcón que agregaba a mi inventario cuando, de pronto, al bajar la vista reconocí a la joven cantante charlando con un espigado policía. “¡Víctor, hola! ¡No te vayas por favor! ¡Espérame un ratito no más!” Por los movimientos de las manos, supuse que le pedía al uniformado algunas indicaciones, aquéllas que cualquier transeúnte precavido haría a un agente público en la instancia de una momentánea desorientación. La bailarina adolescente se despidió con un sonoro beso en la mejilla del uniformado y vino entonces hacia mí, que ya había contemplado dos rojos más en las luces del tráfico. “Hola, creía que te encontrabas de viaje con tu orquesta”. “Ah, sí, pero volvimos anoche mismo”. “¿Y cómo te fue?” “Muy bien. A mí me encantan las fiestas donde hay mucha gente. Oye, leí tu mensaje esta mañana. Mira, qué casualidad, ahorita mismo iba a un locutorio para llamarte y resulta que te encuentro. Justo antes le estaba contando a una amiga mía que tú me habías saludado por san Valentín, y que qué bueno que me saludara este amigo porque es una buena persona, en la que yo puedo confiar un montón, y el único al que le podría pedir un favor bien grande. Oye, ¿qué vas a hacer ahorita?” “Yo en realidad estaba yendo al mercadillo de los miércoles cerca de aquí…” “Que, ¿te gustan esas cosas? Anda, por fa, no seas malito, acompáñame que tengo que ir donde un abogado. Es sólo un ratito”. “¿Tienes algún problema?” “No. Es que ese abogado le debe una plata a mi papá y no le quiere pagar. Mira, son sólo dos cuadritas pasando la plaza mayor. Sólo acompáñame. En la puertita no más me dejas”.
Ay de mí. Cuántas veces injustamente se habla de las argucias varoniles a las que sucumben las muchachas inocentes, y cómo ellas son siempre las perdedoras de cada historia y nosotros los perversos seductores a los que no nos remueve un nervio el sufrimiento de una mujer abandonada. Cuesta aceptar que la situación es en la misma proporción la inversa y que, precisamente, escarmentados y curtidos por la veleidad femenina, de nuevo acudimos mansamente a la cita callejera sin la menor esperanza, manipuladores y elocuentes replicando la astucia y la duplicidad de la coquetería de ellas; de la que, por cierto, estamos temprana y totalmente apercibidos, pero a la cual no hacemos ninguna oposición. Urbano juego del encuentro que se cumple de mil modos y que jugamos todos con el mismo entusiasmo hasta la derrota amarga e inapelable, que nos hace jurar una solemne negativa que, por supuesto, será transgredida en la más próxima ocasión.
“Bien, te acompaño. Pero sólo hasta la puerta, como dices. Para mí nada más anodino que el vestíbulo que conduce a un obeso y sagaz hombre de leyes”, respondí con estudiada molestia. “Ven, es por acá”. A unas cuadras de la plaza mayor, noté que habíamos dado un largo rodeo innecesario para recobrar la avenida que daba con el semáforo donde nos habíamos visto. Me detuve unos momentos y miré hacia arriba. “¿Qué ves que te has quedado callado?” “Esta clase de balcón no la había visto hasta ahora. Parece de mayor antigüedad y armoniza extrañamente con los relieves de las ventanas”. “¿Te gustan esas cosas? Ay, a mí no. No me gustan las cosas antiguas. Prefiero todo lo moderno”. “¿Falta mucho para llegar?” “No, Víctor, aquí no más a la vuelta. Que… ¿estás apurado? No seas malo, no me vayas a dejar”.
El «aquí no más» se dilató unos doscientos metros de vereda ascendente, al término de los cuales la joven cantante se detuvo al fin y viró para mirarme fijamente. “Ah, pues, te contaba. Esta mañana leí tu bonito mensaje y le conté a mi amiga que qué bueno que me escribió este amigo al que aprecio mucho, justamente porque yo necesitaba pedirle algo importante que sólo podía pedirle a él —respiré profundamente ahogado por una premonición—. Sabes, necesito que me prestes unos cincuenta soles. Es que anoche no nos pagaron en la fiesta donde estuvimos y yo necesito la plata ahorita. Te la pagaré pasado mañana. No te preocupes, te aseguro que…” “Mira, no puedo prestarte esa cantidad ―la interrumpí―. Quiero pasar el mayor tiempo posible aquí y tengo que racionar mi dinero, que no es mucho, para no verme después en apuros. ¿Me entiendes? Escucha, a lo mejor el abogado te entrega al fin lo de tu padre y, lógicamente, podrías disponer de una parte de ello. Al fin y al cabo tu papá te quiere mucho, ¿verdad? Lo siento. Que te vaya bien. Quiero aprovechar la luz del día para visitar el mercadillo y no me lo quiero perder. Que te vaya muy bien. Lo siento”. “Ah, ya, pues. Bueno, si quieres luego me llamas o me mandas un mensaje, aunque a lo mejor vuelvo a salir de viaje por un tiempo largo. No lo sé, pero, bueno, pues, gracias de todos modos…” Y me alejé directamente hacia el destino inicial de mi mañana. Concluí que no se trataba de la humilde muchacha que buscaba esforzada y honestamente una reivindicación de la vida, sino de la trepadora oportunista y buscona que había sacado de la sobrevivencia la más reprobable de las lecciones.
Ya bajo unos toldos de plástico de colores fuertes, entre pirámides, cajas y sacos de frutas y verduras, escuché con gusto a vendedores que eran a la vez agricultores y transportistas, muchos de ellos oriundos de lejanas provincias. Mastiqué con delectación unos plátanos minúsculos de un dulzor vivo y harinoso. Acaricié zapotes, maní, guayabas, chirimoyas, gualacos (papayas de huerta) y tongos (hojas de caña secas envolviendo pedazos de dulce de azúcar).
Llenos los ojos y sofocados los pies, decidí regresar a mi hotel para reponerme. Al atardecer, asomaba ya el farol de una de las esquinas de la plaza cuando, habiéndolo olvidado todo, vi de nuevo a la bailarina adolescente. Caminábamos sobre la misma acera en direcciones contrarias. Al reconocerla me disponía a mover ligeramente la cabeza y ya emprendía yo una sonrisa de común cortesía, cuando sentí el disparo de su saludo estrepitoso: “¡Ay, yo, como siempre, bien apurada!” Aceleró el paso, ladeó las caderas, manoteó el aire y, sin otro gesto, pasó de largo para perderse definitivamente a mis espaldas.
Caída del cielo
Publicado por
Angel
a las
9:59 AM
.
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Por Angel Hoyos
La mujer camina desnuda por la calle desierta. Sólo lleva consigo un rosario enredado en su mano derecha, al que acaricia con regularidad en un gesto inconsciente. Se detiene un momento. Observa: a un lado y otro, un paisaje que se le hace familiar. Más allá, donde el camino se convierte en trocha, campiña, árboles, pequeños muros de barro; más acá, algunas casas de altos techos y paredes de sillar. Dorados faroles brillando en las callecitas que la rodean. Los ladridos de un perro, en la lejanía. El cálido abrazo del cielo nocturno que se siente como una bienvenida al hogar.
Toma un sendero al lado de las chacras y continúa su andar contemplativo. Su mente permanece en blanco. Va disfrutando cada sensación como si fuera nueva: el mundano suelo húmedo bajo sus pies, el aire fresco en sus pulmones, el ácido aroma de las plantas, el viento sacudiendo su larga cabellera castaña, el sempiterno coro de grillos.
Una fuerza superior parece guiarla hacia la casona que apenas alcanza a ver al fondo de la calle. La noche sin luna, le hace difícil avanzar en los lugares donde no llega la luz de los faroles, donde las sombras y los objetos se confunden con facilidad. Por ello se sorprende cuando una de las sombras se convierte en un gran perro negro, y un gruñido despiadado le avisa que el animal saltará sobre ella en cualquier segundo. El rosario pesa más en su mano, y presiente lo que tiene que hacer. Con un gesto impasible la mujer se dirige al perro: Shhh, ya, ya, tranquilito. No está bien que le ladres de esa manera a la madre de Dios, pequeño. Mientras convierte el aire en palabras, la mujer se maravilla con lo suave que suena su propia voz y presiente que es la primera vez que la oye en mucho tiempo. El perro parece también maravillado porque detiene su ataque al instante, para luego acercarse despacito a olerla y empezar a mover la cola. Todo está bien hijito -se regocija en su voz, la mujer- soy la virgen, no voy a hacerte daño. Y tras unas palmaditas en la cabeza del can, emprende su camino nuevamente.
Frente al portón de la casona, la mujer se detiene, esperando que la fuerza misteriosa le indique qué hacer. El perro -que hasta acá la ha seguido- la observa con expectativa. Y nada ocurre. Ella intenta algunos golpes en la puerta, tan fuertes como puede, pero la gruesa madera sólo devuelve un rumor apagado y débil. Dirige su mirada al perro que ha empezado a ladrar a la oscuridad. Ya luego oye unos pasos y ve la tenue luz del lamparín. ¿Quién vive? Preguntan. El rosario, pesado nuevamente, la insta a responder con mucha seguridad, María, la virgen madre de nuestro salvador. Vengan ante mí y no teman, mis pequeños.
De la oscuridad surgen, expectantes, dos figuras masculinas. El perro calla, corre hacia ellos y se detiene frente al más viejo, a lamer su mano. Ya Aljo, ya, quieto, le dice el anciano, sin quitar sus ojos incrédulos de la mujer desnuda que apenas distingue a media luz. Mientras tanto el más joven, tras acercarse a unos cuantos pasos de la mujer, se ha arrojado de rodillas al suelo, persignándose como si no hubiera mañana. La mujer lo observa con un complacido gesto maternal y levanta la vista para también llenar de gracia el corazón del anciano, lo que permite que la caprichosa luz del lamparín finalmente ilumine su rostro. Pero el corazón del anciano no se llena de gracia sino de dolor e incredulidad. Balbucea ¿Señorita Julia? Y la sonrisa en el rostro de la mujer comienza a desvanecerse contra su voluntad Señorita Julia, ¿qué hace aquí? El rosario le quema ahora y fuerza una sonrisa nuevamente, callando los pensamientos que se han empezado a alborotar en su cabeza. No, pequeño, soy la virgen María, la madre de Dios ¿es que no me crees? Pero el anciano ya se ha quitado el saco y se acerca a ella para cubrir su desnudez. Martín, carajo muchacho, ¡levántate! y Martín, que tiene el rostro alzado desde que Don Lino empezara a llamar a la virgencita por otro nombre, se levanta del suelo sin estar muy seguro de a quién tenerle más miedo. El anciano termina de colocarle el saco a Julia, quien se deja hacer sin perder su grácil sonrisa. Luego, con una llave de las que cuelgan en su cinturón, abre el inmenso portón de la casona Salinas. Lleva a la señorita a la sala mientras yo lo despierto al patrón ¡Y, por amor de Dios, no vayas a dejar que se mueva de ahí!
Cruzan los inmensos arcos tallados de la entrada. Las lozanas paredes blancas del caserón y el jardín lleno de claveles llenan de alegría el corazón de Julia. Don Lino sube las escaleras mientras Martín lleva a la señorita Julia a la sala y la guía hasta uno de los sillones donde la hace sentarse, Aljo los sigue de cerca y se acomoda a un lado del sillón, curioso. Julia intenta, cada vez con más dificultad, permanecer serena, pero todo en la casona amenaza con disparar recuerdos y pensamientos que ella se está empeñando en callar. A Martín se le ocurre ofrecerle algo caliente y se vuelve para hablarle, pero recuerda que no debe dejarla sola y finalmente no dice nada. Hijito -comenta Julia al notarlo incómodo- no estés nervioso por mi presencia, te aseguro que a todos ustedes los quiero como si fueran míos propios. Ese fue el designio de mi hijo cuando dio su vida por ustedes. El pobre Martín no sabe cómo reaccionar. Cruzan por él una serie de sensaciones contradictorias: algunas de reverencia, otras de lástima, otras de burla. Dirige su mirada a las escaleras, esperando que Don Lino baje pronto con el patrón. Alcánzame por favor ese espejo, pide amablemente Julia, quisiera arreglarme para cuando me reciba el dueño de esta casa. Martín le alcanza el espejo redondo que cuelga a su lado, en la pared. Antes de tomarlo Julia nota que apenas recuerda cómo luce su propio rostro, en su cabeza sólo se forma una vaga imagen de la virgen en una estampita. Pone el espejo frente a su rostro y pide a Martín que acerque el lamparín. En la opacidad del reflejo un cadavérico rostro, alguna vez hermoso, le devuelve la mirada. Sus ojos acaramelados apenas resaltan en medio de sus profundas ojeras; debajo, unos pómulos que las lágrimas, el hambre y el desvelo han ido afilando. Intenta conservar la sonrisa pero ya no puede. Las corazas que su mente ha creado empiezan a desmoronarse y se quiebran como el espejo que está dejando caer. Se recuerda. Hermosa, inocente, deseable, cortejada. Embarazada por la gracia del santo espíritu. Repudiada por sus padres. Enviada a podrirse a un claustro. La oscuridad, el silencio, la soledad. Y llora porque comprende, porque recuerda. Llora para no oír los otros llantos, los de las wawas, en las paredes. Llora y se abraza a Martín quien no tiene idea de qué está pasando y sólo atina a abrazarla también.
Por las escaleras baja tan rápido como puede Don Hortensio Salinas, seguido de Doña Ana, su mujer, y de Don Lino que carga una muda de ropa para la señorita Julia. Martín retira cuidadosamente el abrazo de la señorita mientras Don Hortensio no da crédito a sus ojos. Corre y abraza a su hija y la llena de besos mientras mil preguntas rondan por su cabeza. Doña Ana la mira desde lejos, guardando aún un profundo resentimiento. Don Lino deja la ropa sobre el sillón y el patrón les da a él y a Martín las gracias y les pide que se retiren, que el resto ya lo resuelve él. Y que ni una palabra de lo que han visto, a nadie.
***
Ya de vuelta a su ronda nocturna, Don Lino camina pensativo. Martín, un poco más adelante, camina en silencio junto a Aljo, esperando que el viejo le explique lo que ya sospecha. Bueno muchacho, -habla el viejo, finalmente- ya te habrás dado cuenta que esa joven es la hija de los patrones. Martín le hace un gesto afirmativo. Hace más de un año, antes de que llegaras a trabajar acá, a la señorita Julia la internaron en el convento, con las monjas esas, de clausura.
De vuelta en su cuarto, con su pijama, en su cama, Julia no dice ni una sola palabra. Su padre les da las buenas noches a ella y a su madre, esperando poder hablar con más calma en la mañana. Ana se queda de pie en el marco de la puerta, de modo que el lamparín del pasadizo sólo deja ver su silueta. Julia se aferra a su rosario. Un triste silencio pesa en el ambiente.
La señorita Julia había quedado encinta de un momento a otro y nunca se supo decir de quién. Ella siempre había sido una niña buenita, de su casa. A los patrones se les cayó el mundo. Al patroncito se le salían las lágrimas todo el día, y andaba como zonzo por la casa, pero para la Doña las cosas estaban claras: esto era un escándalo y como tal no podría salir jamás a la luz. Así que un día la señorita Julia y sus papás salieron de viaje, pero ella ya no regresó, ni se le volvió a mencionar en esta casa, salvo cuando las amistades preguntaban y se les decía que la habían mandado al extranjero, con unos familiares.
Ana, en el marco de la puerta, entre la luz y la oscuridad, oye a su hija murmurar una especie de cántico imperceptible, que -luego comprende- es una oración. Apenas entiende lo que dice, pero ya conoce el contenido de su rezo. Julia pide al cielo explicaciones. Cuestiona, duda, se arrepiente. Ana conoce la oración, porque ella misma la rezaba hace más de un año. La rezaba antes de decidir lo que se tenía que hacer. Lo doloroso, lo correcto, lo que su Dios esperaba de ella. Tenían que irse, ambos. Ese niño era una aberración, y la sola presencia de Julia manchaba la casa de pecado. Ana tuvo que hacerlo por ella, por su matrimonio, por la salvación de las almas de su esposo y su hija. Una lágrima que nadie ve escarba su mejilla, mientras escucha el cántico musitado por su hija en la oscuridad.
Julia, aferrada a su rosario y a sus oraciones, no cesa de oir los llantos. La negrura de esta habitación le recuerda a la de esa otra, la del cuarto de claustro, al fondo del convento, donde eran enviadas las jóvenes que habían sido bendecidas por el santo espíritu. Donde reinaba el voto de silencio y cada palabra pronunciada se pagaba con duchas frías y hambre. Esa habitación, tan parecida a ésta, donde un coro de wawas llora hasta el amanecer desde dentro de una pared y adonde un día se sumo el llanto de su propio hijo. Y donde, después, el rosario que tanto aferra se convirtió en única esperanza y confidente, en instrumento de escape y arma santa. Ahí, donde tanta sangre fue derramada, pudo al fin dejar sus memorias y ser convertida en madre de Dios y ser asunta al cielo en cuerpo y alma. Ese cielo del que ha caído y al que no podrá regresar por conservar aún eso que algunos se empeñan en llamar razón.
El dueño de la casa
En: Josué Aguirre Alvarado, Magenta 50Por Josué Aguirre Alvarado
Cuando nació, junto a sus dos hermanas en una noche de lluvia, era la criatura más fea que había visto. Era pequeñísimo, esquelético, orejón y tenía manchas marrones por toda la piel. Su madre lo había excluido del cuidado que le daba a sus otras dos hijas y ni siquiera quería amamantarlo. Por eso, el día que lo rescatamos, estaba hecho un cadáver. Lo hallamos sucio, lleno de telarañas y cubierto de una fina pelusa que con el tiempo se trasformaría en el pelo naranja que cubriría todo su cuerpo de gato.
Como no le tenía miedo a nuestra pastor alemán, le pusimos por nombre Machín. Él jugaba con ella incluso cuando ésta dio a luz. Y cómo él retozaba también con los cachorritos, pensamos que se creía un perro más. Pero nos equivocábamos. El gato, en realidad, estaba entrenando a los nuevos canes para que le sirvan de bolsas de arena cuando él quisiera conectar algún golpe, afilar las uñas o simplemente sentirse acompañado cuando hacía footing por los pasadizos de la casa. Después continuó con los animales de mayor rango.
Así, el primer humano en ser amaestrado fue nuestra abuela. El gato le enseñó que, a la hora del almuerzo, cuando se subiera en una silla, ella debía darle algún bocadillo de carne. Después me amaestró a mí. Él me indicó que todas las noches, luego de que tomara mis pastillas antes de dormir, debía dejarle un trago de leche fresca sobre su plato para que él beba. Incluso él me instruyó para que a continuación le abriera la puerta y pueda salir a dar un paseo nocturno. Mi hermana también estaba adiestrada. Machín le había enseñado a acariciarlo cuando saltase sobre sus faldas. Pero su mayor logro fue educar a mi madre. Ella –que antes odiaba a los gatos– había sido instruida por Machín para que lo alimente con las más ricas comidas. Y nada de esas cosas secas de bolsa. Si no le servían sus grasas y sus pellejos, el gato se molestaba y no comía y se devoraba nuestros alimentos a escondidas. De esa manera, Machín comenzó a desarrollar una obesidad nunca antes vista en el género felino.
Un día, como el ruido del teléfono ya lo había hartado, resolvió por mordisquear todos los cables del aparato y dejarlo inutilizado. Una vez, en navidad, mientras armábamos el nacimiento de la abuela, Machín se molestó porque usamos su caja para simular una gruta y se desquitó con las palmeritas artificiales que primero deshojó con la garra y que después partió con los dientes. Y, en otra ocasión, cómo cada vez que sonaba el timbre de la casa, los perros ladraban interrumpiéndole la siesta, desconectó el timbre y puso un letrerito en la entrada que decía: no joder. Por último, se aburrió de la casa, buscó los papeles de propiedad entre sus cosas y vendió la residencia a unos chinos que querían poner un chifa. Nosotros fuimos desalojados, pero como ya estábamos entrenados, no hicimos problemas y aprovechamos para pedir trabajo en el nuevo restaurante.
Tres años después, en una mañana lluviosa en la que yo me deslomaba trapeando el piso del comedor del chifa, oí un maullido tras la puerta de metal que habían puesto los chinos para reemplazar nuestra antigua puerta de roble. Al abrirla encontré una canastita con tres gatitos recién nacidos feos cómo Machín al nacer. Al costado hallé una cartita firmada por nuestro antiguo amo: “aquí les dejo a mis hijos. Por favor, sírvanlos como hicieron conmigo”. Y así lo hicimos.
















