
Por Víctor Hugo Palacios
“Mi madre murió cuando yo nací. Mi padre me había tenido a los 17 años, la misma edad que yo tengo ahora. Él se fue bien lejos a buscar trabajo, y yo me quedé solita criada por una tía bien estricta”, me contaba una chica la misma noche en que la había encontrado caminando atractiva por la plaza mayor. Aparentaba una edad mayor de la que tenía, o quizá fue lo que me hizo percibir el relato ilusionado de su trayectoria de bailarina y cantante en una orquesta popular que hacía giras por la provincia. “Mi máximo sueño es llegar a bailar con un grupo importante”. “¿Cómo cuál?” “No sé, por ejemplo Agua Marina o Grupo Cinco”, respondió.
“¿Por qué no vamos al karaoke? Tengo ganas de cantar.” Acepté inmediatamente. Entramos en un cuarto con sofás, televisor y unas cortinas que nos aislaban del resto del recinto. Pidió un licor de café que fue una novedad para mi paladar, más exótica que placentera. Entregó a la camarera un pedacito de papel con su pedido. Cuando llegó su turno, quedé fulminado por la excelencia de su timbre, las impecables notas que daba, el volumen de su voz y el sentimiento con que acometía cada verso. Aunque la pieza que había escogido carecía por completo del menor encanto para mis oídos, no había duda de que estaba delante de una estrella en potencia, de la futura artista a la que sólo bastaría la palanca de una oportunidad y un contrato conveniente para escalar, como un cohete, hasta la cúspide de una fama duradera. Imaginé en el acto, por contraste, la consabida biografía de la cantante internacional que conquista su podio sobreponiéndose a la orfandad, la pobreza y el maltrato, a fuerza de perseverancia, talento y sacrificio. Una historia ejemplar de lucha y aspiración que se vendería masivamente, sin dejar de ser verdadera y verificable. Así, con profética admiración, seguí escuchándola embelesado en el oscuro karaoke de aquel lejano distrito de los andes peruanos. “¿Por qué no nos vemos mañana?”, preguntó emocionándome. “Ah, pero por supuesto. Donde tú quieras”. “Hay una pollería que me gusta mucho. Queda en esta calle. Espérame a las ocho exactamente en la puerta.”
Y allí estuve sobre una vereda que me soportó desde un cuarto para las ocho. Media hora después apareció ella en el otro extremo de la cuadra. Estoy seguro de que me vio, de que notó mi espera. Sorpresivamente entró en un bazar. Fui a buscarla. “¡Hola, Víctor! ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas que no te vi? Oye, mira este peluche. ¿No es hermoso?”, dijo mientras señalaba un inmenso bulto peludo que colgaba del techo sobre los escaparates del negocio, un perro deforme con un lazo rojo que lo volvía flagrantemente cursi. “Si estuviera mi papá me lo compraría ahorita mismo. Pero no está, pues. Qué pena. ¡Cómo me gusta este peluche! ¡Es tan lindo! Siempre quise tener uno así”, musitó a mi lado sin mirarme. Esperé en silencio y, finalmente, emití un suspiro artificial: “Ah, sí, es realmente enorme”.
Cuando ya sólo comparecían sobre el plato los huesos del pollo a la brasa que le había invitado, interrumpió mis comentarios jubilosos sobre la amabilidad de los lugareños para improvisar otra propuesta: “¡Vamos mañana al mirador de Huancas! Es bien cerquita de aquí. Te va a gustar. Ay, me encantaría que me tomes unas fotos allí. Vamos”. “Perfecto. ¿A qué hora quedamos?” “A las once en puntito. Te juro que esta vez llegaré bien temprano.”
Al día siguiente, harto de la inmovilidad sobre la puerta de mi hotel, me marché a recorrer las calles del pueblo que aún no había explorado. Contaba los balcones de las fachadas con procurada fruición, como antes había engullido los crudos minutos de lo vano. Dieron la una cuando decidí comer en un restaurante donde tenía la seguridad de seguir un partido de fútbol por televisión. Comía con placer mientras veía los pocos instantes que faltaban para que termine el primer tiempo de un juego sinuoso y expectante. De pronto, sonó mi teléfono celular: “¡Víctor! Soy yo. ¿Dónde estás?” “En el restaurante junto al hotel”. “¡Ah, qué bueno! Yo estoy en el locutorio al ladito no más. Por favor ven para que me pagues la llamada porque no tengo nadita de sencillo. No te demores, Víctor, por fa”. Tuve la cobardía de no negarme, pagué la cuenta del almuerzo, dejé el fútbol inconcluso y me fui a saldar las monedas de una llamada tardía. “Ay, perdona que me haya demorado. No te molestes por favor…” “No te preocupes. Creo que aún tenemos tiempo para ir al mirador, ¿verdad?” Sin titubear, ella paró un taxi y subió rápidamente. El camino era largo y tortuoso. Ella lucía una blusa rosa muy escotada que dejaba desnudos sus bellos brazos. “Pero, dime. ¿No tienes frío? Hace mucho viento, puede llover. Deberías cuidarte la garganta”. “Ah, no. No te preocupes. No tengo frío. De veras, para nada”.
El mirador me sorprendió. Los malhumores preliminares quedaron enterrados por aquella eminencia. Un majestuoso cañón de novecientos metros de hondura abierto por un minúsculo río barroso y, al frente, unas paredes boscosas por cuyas grietas asomaban torrentes blancos que se suicidaban infinitamente sobre el abismo. “¡Víctor, oye! Aquí estoy. Tómame una foto”, y posó peligrosamente sobre el muro del mirador, de perfil, serpeando su torso en una impostación de portada de periódico vulgar. “Oye, he salido tarde de mi casa. ¿Tú ya almorzaste?” “Sí, claro. Ya es tarde en realidad”. “Es que tengo miedo de que mi tía no me haya dejado nada de comida. Tengo hambre. ¿Ya has comido verdad?” Luego de otro tenaz silencio de mi parte, dijo: “Mejor volvamos ya, puede llover en cualquier ratito”. “De acuerdo, vamos”, asentí. Corrió hacia el taxi y se sentó al lado del conductor. “Hola, ¿no tienes música? Anda, pon música. Es más bonito para viajar.” Me quedé esperando de pie que regresara al asiento posterior. “Ah, no te preocupes, Víctor, yo voy a ir aquí adelante”. Durante el viaje fui memorizando la ruta con la intención de volver caminando otro día. Aquel cañón será aún más profundo alcanzado por las respiraciones de una caminata. Me había enamorado perdidamente del paisaje.
“Ay, tengo hambre. De repente mi tía no me ha guardado comida. Es capaz”. Ordené al chofer bajar en el restaurante donde antes había almorzado. Tenía esperanzas de ver el desenlace del partido que había interrumpido. “Te invito un plato. Ven, siéntate”. “Ay, gracias, Víctor. Qué bueno que eres”.
“Oye, disculpa. Mañana voy a viajar para bailar con la orquesta. No voy a estar en el pueblo toda la semana. Pero si quieres llámame a mi celular. A lo mejor cuando vuelva todavía estás acá.”
A los dos días era catorce de febrero, día de san Valentín, patrono de los enamorados. Sin expectativas para la fecha, que pensaba dedicarla con mayor ahínco a la lectura, le envié, en un resquicio del desayuno, un mensaje de saludo a la bailarina de orquesta por vía celular. Ya rumbo a mi café preferido, me detuve sin querer delante de la oficina de información turística. Me recomendaron visitar el mercadillo que se formaba los miércoles a pocas cuadras de la plaza mayor. No tuve problema alguno en alterar mi programa. Me atraían esas aglomeraciones policromas y bulliciosas, y tenía el propósito de paladear los sabores de la región.
Localicé la calle por donde debía andar. Brillaba un sol esplendoroso. Mi cámara de fotos tenía un rollo entero por delante. Qué ganas de sorpresas, de impresiones y de conversación con gentes de otros lados. Paré ante el rojo de un semáforo, observé el tallado de un nuevo balcón que agregaba a mi inventario cuando, de pronto, al bajar la vista reconocí a la joven cantante charlando con un espigado policía. “¡Víctor, hola! ¡No te vayas por favor! ¡Espérame un ratito no más!” Por los movimientos de las manos, supuse que le pedía al uniformado algunas indicaciones, aquéllas que cualquier transeúnte precavido haría a un agente público en la instancia de una momentánea desorientación. La bailarina adolescente se despidió con un sonoro beso en la mejilla del uniformado y vino entonces hacia mí, que ya había contemplado dos rojos más en las luces del tráfico. “Hola, creía que te encontrabas de viaje con tu orquesta”. “Ah, sí, pero volvimos anoche mismo”. “¿Y cómo te fue?” “Muy bien. A mí me encantan las fiestas donde hay mucha gente. Oye, leí tu mensaje esta mañana. Mira, qué casualidad, ahorita mismo iba a un locutorio para llamarte y resulta que te encuentro. Justo antes le estaba contando a una amiga mía que tú me habías saludado por san Valentín, y que qué bueno que me saludara este amigo porque es una buena persona, en la que yo puedo confiar un montón, y el único al que le podría pedir un favor bien grande. Oye, ¿qué vas a hacer ahorita?” “Yo en realidad estaba yendo al mercadillo de los miércoles cerca de aquí…” “Que, ¿te gustan esas cosas? Anda, por fa, no seas malito, acompáñame que tengo que ir donde un abogado. Es sólo un ratito”. “¿Tienes algún problema?” “No. Es que ese abogado le debe una plata a mi papá y no le quiere pagar. Mira, son sólo dos cuadritas pasando la plaza mayor. Sólo acompáñame. En la puertita no más me dejas”.
Ay de mí. Cuántas veces injustamente se habla de las argucias varoniles a las que sucumben las muchachas inocentes, y cómo ellas son siempre las perdedoras de cada historia y nosotros los perversos seductores a los que no nos remueve un nervio el sufrimiento de una mujer abandonada. Cuesta aceptar que la situación es en la misma proporción la inversa y que, precisamente, escarmentados y curtidos por la veleidad femenina, de nuevo acudimos mansamente a la cita callejera sin la menor esperanza, manipuladores y elocuentes replicando la astucia y la duplicidad de la coquetería de ellas; de la que, por cierto, estamos temprana y totalmente apercibidos, pero a la cual no hacemos ninguna oposición. Urbano juego del encuentro que se cumple de mil modos y que jugamos todos con el mismo entusiasmo hasta la derrota amarga e inapelable, que nos hace jurar una solemne negativa que, por supuesto, será transgredida en la más próxima ocasión.
“Bien, te acompaño. Pero sólo hasta la puerta, como dices. Para mí nada más anodino que el vestíbulo que conduce a un obeso y sagaz hombre de leyes”, respondí con estudiada molestia. “Ven, es por acá”. A unas cuadras de la plaza mayor, noté que habíamos dado un largo rodeo innecesario para recobrar la avenida que daba con el semáforo donde nos habíamos visto. Me detuve unos momentos y miré hacia arriba. “¿Qué ves que te has quedado callado?” “Esta clase de balcón no la había visto hasta ahora. Parece de mayor antigüedad y armoniza extrañamente con los relieves de las ventanas”. “¿Te gustan esas cosas? Ay, a mí no. No me gustan las cosas antiguas. Prefiero todo lo moderno”. “¿Falta mucho para llegar?” “No, Víctor, aquí no más a la vuelta. Que… ¿estás apurado? No seas malo, no me vayas a dejar”.
El «aquí no más» se dilató unos doscientos metros de vereda ascendente, al término de los cuales la joven cantante se detuvo al fin y viró para mirarme fijamente. “Ah, pues, te contaba. Esta mañana leí tu bonito mensaje y le conté a mi amiga que qué bueno que me escribió este amigo al que aprecio mucho, justamente porque yo necesitaba pedirle algo importante que sólo podía pedirle a él —respiré profundamente ahogado por una premonición—. Sabes, necesito que me prestes unos cincuenta soles. Es que anoche no nos pagaron en la fiesta donde estuvimos y yo necesito la plata ahorita. Te la pagaré pasado mañana. No te preocupes, te aseguro que…” “Mira, no puedo prestarte esa cantidad ―la interrumpí―. Quiero pasar el mayor tiempo posible aquí y tengo que racionar mi dinero, que no es mucho, para no verme después en apuros. ¿Me entiendes? Escucha, a lo mejor el abogado te entrega al fin lo de tu padre y, lógicamente, podrías disponer de una parte de ello. Al fin y al cabo tu papá te quiere mucho, ¿verdad? Lo siento. Que te vaya bien. Quiero aprovechar la luz del día para visitar el mercadillo y no me lo quiero perder. Que te vaya muy bien. Lo siento”. “Ah, ya, pues. Bueno, si quieres luego me llamas o me mandas un mensaje, aunque a lo mejor vuelvo a salir de viaje por un tiempo largo. No lo sé, pero, bueno, pues, gracias de todos modos…” Y me alejé directamente hacia el destino inicial de mi mañana. Concluí que no se trataba de la humilde muchacha que buscaba esforzada y honestamente una reivindicación de la vida, sino de la trepadora oportunista y buscona que había sacado de la sobrevivencia la más reprobable de las lecciones.
Ya bajo unos toldos de plástico de colores fuertes, entre pirámides, cajas y sacos de frutas y verduras, escuché con gusto a vendedores que eran a la vez agricultores y transportistas, muchos de ellos oriundos de lejanas provincias. Mastiqué con delectación unos plátanos minúsculos de un dulzor vivo y harinoso. Acaricié zapotes, maní, guayabas, chirimoyas, gualacos (papayas de huerta) y tongos (hojas de caña secas envolviendo pedazos de dulce de azúcar).
Llenos los ojos y sofocados los pies, decidí regresar a mi hotel para reponerme. Al atardecer, asomaba ya el farol de una de las esquinas de la plaza cuando, habiéndolo olvidado todo, vi de nuevo a la bailarina adolescente. Caminábamos sobre la misma acera en direcciones contrarias. Al reconocerla me disponía a mover ligeramente la cabeza y ya emprendía yo una sonrisa de común cortesía, cuando sentí el disparo de su saludo estrepitoso: “¡Ay, yo, como siempre, bien apurada!” Aceleró el paso, ladeó las caderas, manoteó el aire y, sin otro gesto, pasó de largo para perderse definitivamente a mis espaldas.